Por Edy Pintor.
*** Ricardo Garza Narváez: el oficio de la política y la lealtad a una convicción
“La política es así. Siempre ha sido así. Se mueve entre cotos de poder, intereses, coyunturas y circunstancias que suelen premiar más la conveniencia que la capacidad.”
Hacemos referencia a estos comentarios, porque cuando desaparece una figura que dedicó su vida a entenderla, practicarla y dignificarla, vale la pena detenerse un momento para reconocer su legado.
Hoy recordamos a Ricardo Garza Narváez.
Quienes lo conocieron saben que fue un hombre de carácter firme, de ideas claras y de una personalidad que algunos podían interpretar como severa o incluso arrogante.
Pero detrás de esa apariencia existía algo mucho más valioso: una profunda vocación de servicio, una preparación política excepcional y una honestidad intelectual poco común en los tiempos que corren.
Ricardo perteneció a una generación de hombres formados en la escuela de la política de verdad; aquella donde el estudio, la organización, la disciplina y el trabajo territorial que eran virtudes indispensables.
Recorrió prácticamente todas las responsabilidades partidistas dentro del Partido Revolucionario Institucional, un instituto político que durante décadas fue objeto de análisis en universidades y centros de estudio de todo el mundo por su extraordinaria capacidad de adaptación y permanencia.
Ricardo no fue un espectador de esa historia: fue parte de ella
Conocía los vericuetos de la política, sus escaramuzas, sus reglas escritas y aquellas que nunca se escriben.
Era, utilizando la expresión aristotélica, un auténtico animal político.
Entendía el poder, pero también comprendía sus límites.
Sabía negociar sin renunciar a sus principios y debatir sin perder el respeto.
La coyuntura nunca le sonrió como a otros.
No acumuló cargos estridentes ni aprovechó las oportunidades que sí favorecieron a muchos contemporáneos suyos. Sin embargo, quienes compartieron espacios con él saben que su conocimiento, experiencia y capacidad superaban con creces a las de numerosos personajes que terminaron ocupando posiciones más visibles.
La historia de la política suele ser injusta con algunos de sus mejores cuadros.
Y aun así, nunca se le escuchó renegar de la institución que lo formó.
En tiempos donde la deslealtad suele disfrazarse de pragmatismo y donde muchos cambian de bandera al ritmo de las encuestas, Ricardo mantuvo una congruencia que merece ser reconocida.
Permaneció fiel a sus convicciones y a su historia personal, sin resentimientos ni estridencias.
Para muchos fue compañero. Para otros — como para quien esto escribe—, fue guía. Para algunos más, maestro. En lo personal, fue uno de esos mentores involuntarios que dejan enseñanzas sin proponérselo, simplemente a través del ejemplo, de la conversación y de la experiencia acumulada durante décadas.
Existe un viejo adagio mexicano, cruel y sarcástico, que dice: “¿Quieres que hablen bien de ti? Muérete”. En el caso de Ricardo Garza Narváez, la frase pierde sentido.
De él se habló bien en vida y se seguirá hablando bien ahora que ha partido. Porque el respeto auténtico no nace de la ausencia, sino de la trayectoria.
Hoy no despedimos únicamente a un militante ni a un dirigente partidista. Despedimos a un hombre que entendió la política como oficio, como vocación y como servicio. A un hombre que conoció el poder sin convertirse en rehén de él.
A un político de los que cada vez quedan menos.
Vaya para Ricardo Garza Narváez nuestro afecto, nuestro reconocimiento y nuestra gratitud.
Que descanse en paz quien fuera, para muchos, un gran maestro de la política.
Honor a su memoria.

