
Por Melitón García de la Rosa.
*** Taddei y Morena, pudrieron al INE…
A GUADALUPE TADDEI Morena le entregó el INE, la empoderó groseramente, ella enloqueció ante la ‘omnipotencia’, deja podrido al organismo y hoy nadie quiere asumir sus responsabilidades.
Así es mis queridos boes, la renuncia de la mujer, que además de exhibir sus bajos instintos, no resuelve la crisis de credibilidad en la que sumió al INE, ni repara el daño patrimonial, mucho menos cubre la pena por los delitos cometidos, ni desvincula a la 4Te de su culpa política, de la que hoy se quieren hacer los desentendidos.
Porque TADDEI no llegó por casualidad a la cabeza del árbitro electoral, su nombramiento ocurrió durante el gobierno de AMLO, con el respaldo del bloque de Morena y sus aliados, en una etapa en la que el entonces presidente mantenía una confrontación permanente con el INE y cuestionaba a quienes habían encabezado la institución.
Después llegó CLAUDIA SHEINBAUM a Palacio Nacional y TADDEI permaneció al frente de un organismo fundamental para la democracia mexicana.
Ahora que las revelaciones periodísticas han colocado a su administración bajo sospecha, el oficialismo parece descubrir que respaldar a una funcionaria también implica asumir costos políticos cuando las cosas salen mal.
¡Qué conveniente!
La pregunta es elemental: ¿quién la puso ahí, quién fortaleció sus atribuciones y quién tenía la obligación de vigilar lo que ocurría dentro del Instituto?
Porque Morena no puede presumir los nombramientos que le convienen y desconocerlos cuando se convierten en un problema.
En octubre de 2024, los morenistas modificaron las reglas para facilitar los nombramientos de titulares de áreas ejecutivas y unidades técnicas del INE.
Se eliminó el requisito de ocho votos para determinadas designaciones, lo que permitió a la presidencia avanzar sin el consenso que antes exigía esa mayoría calificada.
No era un asunto menor. Se trataba de puestos estratégicos para la operación del organismo, incluida la administración de sus recursos y sus procedimientos de contratación.
La decisión fortaleció las facultades de TADDEI y redujo uno de los mecanismos que obligaban a construir acuerdos dentro del Consejo General.
¿Quién impulsó y respaldó ese cambio? La mayoría de Morena y sus aliados.
Por eso, ahora que la gestión de TADDEI enfrenta cuestionamientos, el oficialismo tiene algo más que explicaciones pendientes. Tiene una responsabilidad política que no puede evadir.
No significa que una reforma legal convierta automáticamente a una funcionaria en responsable de corrupción. Significa que quienes le entregaron mayores facultades deben explicar por qué consideraron conveniente hacerlo, cómo evaluaron los riesgos y qué controles establecieron para impedir abusos.
El poder sin contrapesos siempre representa un peligro. Y cuando se trata del organismo encargado de organizar las elecciones, el problema es todavía mayor.
Los 8 meses de silencio, cómplice…
Uno de los puntos más delicados del escándalo es el tiempo que habría transcurrido entre las primeras alertas sobre posibles irregularidades y la explosión pública del caso.
Si las autoridades conocían desde meses atrás las anomalías que hoy se investigan, la pregunta es obligada: ¿por qué no actuaron con la contundencia que ahora exige la gravedad de los señalamientos?
¿Quién sabía? ¿Quién abrió expedientes? ¿Quién recibió información? ¿Quién tenía facultades para intervenir? Y, sobre todo, ¿por qué la opinión pública tuvo que enterarse a través de reportajes y materiales difundidos por los medios?
Porque una cosa es respetar los tiempos de una investigación y otra muy distinta es permitir que la sospecha crezca mientras las instituciones guardan silencio.
La difusión de videos y reportajes terminó por colocar el asunto en el centro de la discusión nacional. Entonces aparecieron las exigencias de transparencia y las promesas de investigar.
Pero la rendición de cuentas no puede depender de que un escándalo se vuelva imposible de ocultar.
Si hubo funcionarios que conocieron posibles irregularidades y no actuaron, también deben responder. Si alguien intentó proteger a determinados proveedores o servidores públicos, debe investigarse. Y si las acusaciones no se sostienen, corresponde demostrarlo con pruebas.
Lo que no puede aceptarse es que el silencio institucional se convierta en una forma de protección política.
La historia se repite: mientras una figura resulta útil, el oficialismo la respalda; cuando se convierte en un lastre, comienza la operación para marcar distancia.
Taddei fue presentada como una alternativa para encabezar una nueva etapa del INE. Su llegada ocurrió en el contexto de la confrontación de AMLO Obrador con el organismo electoral y de la insistencia presidencial en transformar sus estructuras.
Hoy, ante las acusaciones, la prioridad política parece ser evitar que el costo del escándalo alcance a quienes la respaldaron.
Pero hay algo que Morena no puede borrar: su sello está en la ruta política que llevó a TADDEI a la presidencia y en la decisión legislativa que amplió sus atribuciones.
SHEINBAUM puede exigir investigaciones, y tiene razón en hacerlo. Lo que no basta es pedir que se investigue cuando el problema ya estalló. También debe explicarse qué mecanismos de vigilancia fallaron y qué responsabilidad corresponde a quienes contribuyeron a configurar ese escenario.
Aquí conviene distinguir dos asuntos. La responsabilidad jurídica de TADDEI y de cualquier otro involucrado debe establecerse con pruebas y mediante los procedimientos correspondientes. La responsabilidad política de quienes respaldaron decisiones, modificaron reglas y tuvieron capacidad de supervisión también debe discutirse públicamente.
Morena no puede refugiarse en el argumento de que cada funcionario responde individualmente por sus actos mientras presume como propios los nombramientos que le resultan convenientes.
Si TADDEI hubiera buen trabajo, el oficialismo estaba dispuesto a compartir los méritos. Si su gestión queda marcada por irregularidades acreditadas, no puede pretender que toda la responsabilidad recaiga exclusivamente en ella.
La gravedad del caso va mucho más allá de una presidencia cuestionada. El INE es una institución esencial para garantizar elecciones confiables y condiciones de competencia entre partidos.
Por eso, cualquier sospecha de corrupción en su administración lastima la credibilidad de un organismo cuya principal obligación es ofrecer certeza a los ciudadanos.
México necesita un árbitro independiente, no una institución sometida a las conveniencias del gobierno en turno. Necesita funcionarios elegidos por su capacidad y honestidad, no por su cercanía política. Y necesita mecanismos de vigilancia que funcionen antes de que los medios descubran las irregularidades.
La salida de TADDEI no puede convertirse en una cortina de humo. Deben revisarse los contratos, esclarecerse los posibles conflictos de interés y determinarse si existieron beneficios indebidos o responsabilidades administrativas y penales.
Y si alguien incurrió en delitos, debe enfrentar la ley, sin importar a qué partido pertenezca.
Estamos ante una institución que tendrá un papel central en las elecciones de 2027. No es momento de repartir culpas para salvar reputaciones, sino de recuperar la confianza pública.
El INE no necesita otro padrino político. Necesita independencia, transparencia y controles efectivos.
El INE, como la CNDH, la Corte…
El caso Taddei tampoco puede desligarse del desgaste que enfrentan otras instituciones durante los gobiernos de Morena.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha recibido severas críticas por su actuación y por las dudas sobre su independencia. La Suprema Corte de Justicia de la Nación atraviesa una profunda reconfiguración, en medio de un debate sobre su autonomía y la influencia política en el nuevo modelo judicial. El IMSS sigue enfrentando cuestionamientos por problemas de atención y abastecimiento, mientras Pemex carga con dificultades financieras, operativas y de deuda.
Cada institución tiene su propia historia y sus problemas no son idénticos. Pero existe una constante que merece examinarse: Morena llegó al poder prometiendo acabar con los abusos del pasado, combatir la corrupción y transformar la vida pública. Sin embargo, cuando concentra poder y debilita contrapesos, termina enfrentando las mismas preguntas que antes utilizaba para golpear a sus adversarios.
¿Dónde quedó la austeridad? ¿Dónde está la transparencia? ¿Dónde termina el discurso y dónde comienza la rendición de cuentas?
La corrupción no pertenece a un partido, pero el doble discurso sí puede convertirse en una marca política. Y no hay nada más dañino para un proyecto que presume superioridad moral que terminar obligado a responder por las mismas prácticas que prometió erradicar.
La investigación del INE deberá determinar qué ocurrió realmente y quiénes son responsables. Pero, desde ahora, Morena tiene una explicación política pendiente: por qué quienes llegaron prometiendo regenerar las instituciones parecen incapaces de garantizar que el poder que concentran se ejerza con controles suficientes.
Porque transformar no significa apropiarse. Gobernar no significa imponer. Y ganar elecciones no concede permiso para tratar las instituciones públicas como extensiones del partido.
La renuncia de TADDEI no borra el respaldo que recibió de la corriente política que encabeza Morena. Tampoco elimina la responsabilidad de quienes ampliaron sus atribuciones.
Al final, la pregunta no es solamente qué hizo Taddei, sino quién la respaldó, quién conocía las alertas y quién permitió que el escándalo llegara hasta este punto.
Morena puede intentar desmarcarse, pero no puede borrar su propia huella.
Y mientras siga confundiendo la transformación institucional con el control político, cada crisis terminará exhibiendo la distancia entre sus promesas y sus resultados.
Porque la promesa fue regenerar la vida pública. La realidad exige cuentas.
Lo que Morena toca, lo pudre!







