Por: I. GUADALUPE DÍAZ HERNÁNDEZ.
EL ESTADO COMO NEGOCIO FAMILIAR
*No es persecución
*Es el momento en que los números dejaron de cuadrar
Hay momentos en que el poder deja de disimular.
No porque alguien lo denuncie, sino porque los números empiezan a hablar solos.
En TAMAULIPAS, hoy no estamos frente a un escándalo aislado ni a una disputa de partidos. Estamos frente a algo más profundo y más peligroso: la normalización del parentesco como criterio de adjudicación pública. Cuando el gobierno se acostumbra a contratar a los suyos, el Estado deja de ser árbitro y se convierte en socio.
Los documentos que circulan en instancias federales dibujan un esquema simple, casi rudimentario, pero eficaz: el presupuesto fluye, la obra se asigna y el apellido se repite. Tres años consecutivos. Tres ejercicios fiscales. Ninguna casualidad.
AMÉRICO VILLARREAL ANAYA gobierna TAMAULIPAS bajo la bandera de la regeneración. HUMBERTO ARMANDO PRIETO HERRERA preside el órgano que debería vigilar, equilibrar y contener al Ejecutivo. En medio de ambos, una empresa constructora ligada por la sangre al poder legislativo recibe contratos millonarios del gobierno estatal. No es una interpretación política. Es una secuencia administrativa.
Cuando el padre del presidente del Congreso es proveedor del gobierno, la imparcialidad deja de ser un principio y se convierte en un trámite incómodo.
No importa si las obras existen.
No importa si el drenaje se construyó o si el concreto se vació.
El problema no está en la obra, sino en la ruta del beneficio.
Porque el dinero público no solo debe gastarse: debe parecer limpio. Y cuando los contratos regresan al círculo íntimo del poder, la duda se vuelve inevitable. No por malicia, sino por lógica.
El caso no estalló en redes sociales ni nació en un mitin. Se abrió paso en escritorios, oficios, reportes financieros y denuncias formales. Ahí donde el lenguaje es seco y los adjetivos sobran. Ahí donde nadie arriesga su firma por ocurrencias.
Mientras tanto, en el discurso público, todo parece normal. Se habla de seguridad ejemplar, de estabilidad, de transformación. HUMBERTO PRIETO HERRERA asegura que TAMAULIPAS vive uno de sus mejores momentos. Tal vez por eso llama la atención su repentina ausencia cuando el foco deja de apuntar a los aplausos y gira hacia los expedientes.
La política es así: abundan las declaraciones cuando no hay preguntas incómodas.
Pero el pasado siempre alcanza. PRIETO HERRERA no nació en la 4T. Viene de otro origen, de otro partido, de otra cercanía. Hubo un tiempo en que FRANCISCO GARCÍA CABEZA DE VACA no era el enemigo, sino el aliado. Hoy es anatema. La conversión fue rápida. Quizá demasiado.
En México, el pecado no es haber gobernado mal, sino haberse quedado del lado incorrecto cuando cambió el viento.
Sin embargo, reducir este caso a vendettas políticas sería cómodo… y falso. Aquí no hay una sola dependencia involucrada, ni un solo contrato cuestionado. Hay una repetición sistemática, una constancia que solo se explica desde el poder.
El tema escala cuando entran los organismos financieros. Cuando la UIF y el SAT empiezan a mirar con lupa. Cuando el dinero deja de ser solo local y aparecen alertas fuera del país. Ahí, el discurso soberanista se queda corto. Porque a Estados Unidos no le interesa la narrativa política de TAMAULIPAS. Le interesa el rastro del dinero.
Y cuando ese rastro cruza fronteras, la tolerancia se acaba.
El expediente se ensancha todavía más con la obra pública hospitalaria. Un proyecto multimillonario, retrasado, observado, corregido a medias. Equipos pagados que no aparecen. Montos recuperados después de la auditoría. No es tranquilidad: es evidencia de que alguien cobró antes de cumplir.
Curiosamente, los nombres de los contratistas vuelven a cruzarse en reuniones privadas, en fotografías discretas, en círculos cercanos. No es delito reunirse. Lo delicado es repetirse.
Aquí no se acusa.
Aquí se describe.
Y lo que se describe no es un gobierno infiltrado, sino algo más peligroso: un gobierno convencido de que nada le pasará. Un poder que actúa como si fiscalizarse fuera un favor y no una obligación.
Hasta hoy, el silencio institucional pesa más que cualquier desmentido. No hay informes técnicos. No hay aclaraciones detalladas. No hay comparecencias que cierren el caso. Solo comunicados generales y discursos que miran hacia otro lado.
Desde la capital, el panorama se ve con otra distancia. No hay filias ni fobias. Hay memoria. Y la memoria recuerda que cuando el poder empieza a contratarse a sí mismo, el final nunca es administrativo: es político.
Si las investigaciones confirman lo que hoy solo se documenta, el golpe será profundo. Y si no lo confirman, el gobierno tiene una oportunidad histórica de demostrarlo con hechos, no con propaganda.
Porque el verdadero daño no es el dinero desviado.
Es la idea de que gobernar es heredar.
Y cuando esa idea prende,
el Estado deja de servir al ciudadano
y empieza a servirse solo.
POR HOY ES TODO.
LO DEMÁS SE LO CUENTO EN LA PRÓXIMA.
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