*** Venezuela y México en la misma autopista…
Por: EDY PINTOR.
Hay países donde el crimen es noticia; y hay países donde el crimen se convierte en administración pública paralela.
Venezuela llegó a ese punto: muertes violentas normalizadas, desapariciones silenciadas, hambre estructural y un Estado que dejó de proteger para empezar a administrar el miedo. Y si México sigue tolerando el impuesto criminal —cobro de piso, secuestros, trata, reclutamiento forzado, cuerpos despedazados como mensaje— no es exageración ni retórica: es calendario.
Antes de su colapso visible, Venezuela no se volvió más segura; se volvió más callada. Bajaron cifras oficiales, pero no la violencia. Lo que ocurrió fue más control criminal, menos denuncia, más desapariciones y ejecuciones maquilladas. La muerte no desapareció: se institucionalizó.
Siempre lo he enunciado: en México el crimen dejó de ser un problema y pasó a ser el sistema.
México avanza por esa misma autopista. No por ideología, sino por síntomas.
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se impuso una narrativa de negación: “abrazos, no balazos”, mientras el país se desangraba.
El mensaje real no fue pacifista, fue permisivo. El Estado cedió territorios, toleró economías criminales y permitió que los cárteles se convirtieran en autoridad de facto: cobrando impuestos, dictando sentencias y administrando el terror.
Por eso Donald Trump ha insistido en algo que en México incomoda: los cárteles dominan al gobierno mexicano. No es una frase diplomática, es una acusación de poder. Y le sobran argumentos: fentanilo fluyendo sin freno, rutas intactas, puertos infiltrados, aduanas capturadas, alcaldes sometidos, regiones completas donde el gobierno solo existe en el papel.
Claudia Sheinbaum hereda más que la presidencia: hereda una soberanía fragmentada, porque la soberanía no es discurso ni bandera, es control real del territorio y, cuando un comerciante paga piso, el Estado no manda; cuando una madre no denuncia una desaparición por miedo, el Estado no manda. Eso no es soberanía: es simulación.
Estados Unidos observa desde otra lógica y para Washington, el fentanilo no es debate político, es seguridad nacional.
Cuando Estados Unidos de Norteamérica actúa bajo esa premisa, la soberanía ajena pasa a segundo plano. La historia es clara: primero actúan, después explican.
Aquí viene la verdad incómoda: romper el pacto entre poder político y crimen reduce el sufrimiento social, aunque el proceso sea violento al inicio. Venezuela lo demuestra. Sin reconstrucción institucional, el vacío regresa pero con impunidad, el infierno se consolida.
El legado de López Obrador no es la pacificación; es la normalización del crimen. No será recordado como el presidente que trajo la paz, sino como el que permitió que el delito se volviera costumbre, que el miedo se administrara y que el Estado mirara hacia otro lado.
México aún puede frenar su destino venezolano, pero el reloj corre…
…y el calendario, como la violencia, no espera discursos.
Que nos sea leve…
Mi nombre es Pintor, Edy Pintor, y esto es EDYTORIALES.


