Por: Edy Pintor.
En la liturgia no escrita del poder sexenal, hay una lógica que rara vez falla: los primeros dos años son de aterrizaje, de reconocimiento del terreno, de toma real del control; los dos siguientes, son de ejercicio pleno del poder; y los últimos, de repliegue, de blindaje, de salida calculada. No es una regla oficial, pero sí una práctica casi instintiva del sistema político mexicano.
Bajo esa óptica y atmósfera política, el gobierno de Tamaulipas transita todavía en esa zona donde la expectativa pesa más que los resultados definitivos.
La actual administración del estado de Tamaulipas, ha tenido, como cualquier arranque, el desafío de desmontar inercias, reordenar estructuras y, sobre todo, construir su propio lenguaje de poder.
Gobernar no es solo administrar, es también imponer ritmo, historia propia y dirección.
Sin embargo, en ese proceso han quedado expuestas ciertas limitantes, que no necesariamente errores estruendosos, sino vacíos más sutiles: la dependencia de asesorías que no siempre aterrizan en resultados tangibles, la presencia y permanencia de perfiles que parecen más diseñados para contener que para empujar, y una administración que, por momentos, luce más reactiva que propositiva.
No es un señalamiento incendiario, pero sí un apunte necesario.
Por lo que respecta a “El círculo cercano”, ese que “cuerpea” al Ejecutivo, juega un papel determinante. Para eso están ahí para eso les paga el pueblo: para anticipar, corregir, proteger y, en el mejor de los casos, potenciar.
Cuando ese engranaje no termina de sincronizarse, lo que se percibe no es crisis, pero sí una especie de marcha contenida, como si el gobierno avanzara con el pie ligeramente puesto en el pedal del freno.
No se trata de descalificar ni de aplaudir sin matices, se trata de entender que el verdadero juicio político no se dicta en los primeros compases, pero sí se empieza a insinuar.
Tamaulipas hoy no está en la fase de salida ni en la de plenitud total del poder: está en ese terreno intermedio donde las decisiones empiezan a pesar y las omisiones también.
Los claroscuros suelen decir más que los extremos. Y en este caso, más que sombras profundas, lo que se percibe es una gama de grises que todavía están a tiempo de definirse.
Porque si algo enseña la lógica de los sexenios, es que el tiempo no se detiene…
…y tampoco perdona.
Mi nombre es Pintor, Edy Pintor y esto es EDYTORIALES.

