
Por Melitón García de la Rosa.
*** Rehenes del miedo y el caos…
La detención de AXEL ALFREDO CÁRDENAS exhibió la capacidad de reacción de la delincuencia organizada: bloqueos en Matamoros, Río Bravo y Padilla, carreteras paralizadas y afectaciones en los puentes internacionales. Cientos de miles de ciudadanos quedaron atrapados en el miedo y expuestos a las balas. Una niña murió. ¿Y todavía hay quienes se atreva a cantar victoria en materia de seguridad desde las mañaneras en Palacio Nacional?
Así es mis queridos boes, hay que decirlo fuerte y sin rodeos: lo ocurrido este jueves en Tamaulipas es una llamada de atención que ninguna autoridad puede minimizar, maquillar o convertir en una simple estadística de resultados operativos.
Una cosa es detener a un presunto delincuente de alto perfil y otra, muy distinta, tener la capacidad de garantizar la seguridad de la población después de esa captura.
La detención realizada por fuerzas federales en Matamoros, detonó una jornada de violencia que exhibió la capacidad de reacción de los grupos criminales y su facilidad para sembrar el terror en distintas regiones del estado.
En Matamoros se reportaron ocho puntos de bloqueo: Manuel Cavazos Lerma y Calixto Ayala, en la colonia Obrera; Sendero Nacional y Emilio Portes Gil, en Los Arados; Pedro Cárdenas y Agapito González, en Infonavit Buenavista; Emilio Portes Gil y Pedro Cárdenas, en la colonia La India; avenida 12 de Marzo y Constituyentes, en la colonia Puerto Rico; Pedro Cárdenas y Brecha 18, en el ejido La Luz; Chapultepec y Primero de Mayo, en Esteros San Pablo, y Laura Villar y calle Primera, en la colonia Modelo.
Pero la reacción no terminó ahí. En Río Bravo se reportaron cuatro puntos de obstrucción: Francisco I. Madero y Constitución, en la Zona Industrial; calle Palo Blanco, sobre la autopista, a la altura del Caracol; Francisco I. Madero, frente al Conalep, y la caseta de Nuevo Progreso.
La violencia también alcanzó las carreteras del centro de Tamaulipas, la Victoria-Matamoros hubo reportes de bloqueos en el kilómetro 45, a la altura del puente de Padilla, y en el kilómetro 111, en El Tinieblo, municipio de Jiménez.
En la carretera Victoria-Monterrey se reportó otra obstrucción a la altura del kilómetro 39, cerca del ejido El Barretal.
A esto se sumaron afectaciones en los accesos a la autopista y en los puentes internacionales de Matamoros, particularmente en los cruces Los Tomates-Veteranos y Los Indios, con cierres temporales que impactaron la movilidad fronteriza y comercial.
No fueron incidentes aislados, fue una reacción que puso en evidencia la capacidad de los grupos criminales para paralizar ciudades, afectar las comunicaciones y someter a la población a una jornada de incertidumbre.
¿De qué tamaño es el problema cuando una detención provoca semejante reacción?
De ese tamaño es la capacidad de intimidación que todavía conservan las organizaciones criminales, o dicho de otra forma, de ese tamaño es la incapacidad de la autoridad para evitar que la detención de un solo individuo provoque un caos de tal magnitud.
Y en medio de todo esto ocurrió lo verdaderamente doloroso: una niña de siete años perdió la vida y su madre resultó herida por impactos de bala.
Una menor que no tenía ninguna relación con los delincuentes, que no participaba en ningún enfrentamiento, que simplemente viajaba con su familia y terminó pagando con su vida las consecuencias de una jornada de violencia.
No hay operativo exitoso que pueda borrar esa tragedia. No hay comunicado oficial que alcance para explicarles a sus familiares por qué una niña no pudo regresar a casa.
Aquí es donde la discusión sobre seguridad debe dejar de ser un asunto de propaganda gubernamental y convertirse en una exigencia de resultados.
Porque si bien detener a un objetivo prioritario representa un golpe a la estructura criminal, también es cierto que la respuesta de los delincuentes exhibió una capacidad de operación que debería preocupar profundamente a las autoridades.
¿Dónde está la capacidad de anticipación? ¿Cómo es posible que, después de una detención, se permita que grupos criminales organicen bloqueos en ciudades fronterizas y que las afectaciones alcancen carreteras del centro del estado?
No basta con enviar patrullas cuando ya están atravesados los tráileres. No basta con retirar los vehículos incendiados cuando miles de personas ya pasaron horas encerradas o buscando desesperadamente una ruta para llegar a sus casas.
La obligación de las autoridades es anticiparse, contener, proteger y garantizar que la población no quede a merced de quienes utilizan el terror como instrumento de control.
Los ciudadanos no pueden convertirse en el daño colateral de la estrategia de seguridad. Comerciantes obligados a cerrar, trabajadores atrapados en las carreteras, padres preocupados por sus hijos, estudiantes resguardados en sus escuelas y familias encerradas en sus casas son víctimas de una realidad que no puede normalizarse.
Cientos de miles de tamaulipecos vivieron horas de angustia. Muchos estuvieron expuestos a las balas, a los enfrentamientos y al riesgo de quedar atrapados en medio de una confrontación criminal.
Eso también es inseguridad. Eso también debe formar parte de la evaluación de cualquier estrategia gubernamental.
Tamaulipas no necesita autoridades que presuman capturas y cifras para después declarar que se está avanzando. Necesita instituciones capaces de sostener la tranquilidad, incluso cuando se realizan operativos de alto impacto.
Porque la delincuencia no descansa cuando se detiene a uno de sus integrantes. Reacciona, busca reorganizarse y trata de demostrar que conserva fuerza.
Por eso, quien crea que una detención significa una victoria definitiva está leyendo mal el problema.
La seguridad no se gana un jueves con un operativo, ni se garantiza con una conferencia de prensa, ni se construye con fotografías de funcionarios encabezando reuniones de coordinación. Se construye todos los días, a todas horas: las 24 horas del día, los siete días de la semana y los 365 días del año.
Eso significa inteligencia, vigilancia permanente, coordinación real entre fuerzas federales, estatales y municipales, presencia en las carreteras, protección de las ciudades fronterizas y capacidad para responder antes de que los delincuentes conviertan a la población en rehén de sus intereses.
También significa desarticular las estructuras financieras y operativas de las organizaciones criminales y evitar que la detención de un personaje termine provocando una reacción que paralice buena parte del estado.
No se trata de desacreditar los operativos federales. Se trata de exigir que sus resultados no se midan únicamente por el número de detenidos, sino por la seguridad que realmente recibe la gente.
Este jueves Tamaulipas volvió a los titulares nacionales, pero no por sus inversiones, su desarrollo o sus oportunidades, sino por los bloqueos, los incendios, el miedo y una tragedia que jamás debió ocurrir.
La pregunta es cuánto tiempo más tendrán que vivir los tamaulipecos con esa incertidumbre.
Detener a un presunto delincuente es una acción importante, pero recuperar la tranquilidad de los ciudadanos es la verdadera victoria.
En Tamaulipas no se puede cantar victoria nunca. Ni hoy, ni mañana, ni después de la captura del delincuente más buscado.
Porque mientras la delincuencia tenga capacidad para sembrar el terror y mientras una familia tenga que preguntarse si sus hijos regresarán vivos a casa, la tarea de las autoridades seguirá incompleta.
La seguridad no es una medalla para presumir. Es una obligación que se cumple todos los días, todo el día. ¡Y nunca se debe cantar victoria.






