Por: Martín Díaz / Periodismo con Firma.
ALTAMIRA, TAM.- Si a un ranchero de Altamira o de cualquier ejido de Tamaulipas le encuentran tres vacas ajenas o una camioneta con reporte de robo dentro de su propiedad, las autoridades no se van a poner a averiguar si el hombre tiene buena fe o si andaba distraído: va directo al ministerio público y da sus explicaciones tras las rejas. Es lógica pura y de campo. Nadie puede alegar demencia sobre lo que pasa en su propio terreno, menos cuando el movimiento es tan descarado que altera la vida de todos los vecinos.
Pero en los municipios, las leyes de la lógica y la física operan con un doble fondo muy conveniente.
El escándalo del megabuque y el huachicol fiscal en el puerto de Altamira no fue una travesura; hablamos de una operación gigantesca de contrabando de combustible que entraba en barcos cargados hasta el tope, declarando falsamente que transportaban aditivos para aceites. Una ingeniería criminal perfectamente diseñada que requería un flujo constante de embarcaciones y, lo más importante, un despliegue brutal en tierra firme para mover ese mar de gasolina de contrabando.
Y es justo ahí donde todas las miradas terminan regresando al mismo lugar: la administración del alcalde Armando Martínez.
Por supuesto que las aduanas y los recintos portuarios son zonas federales. Ese ha sido el escudo perfecto para fingir distancia mientras el combustible cruzaba el municipio. Pero el combustible no vuela ni se esfuma al cruzar la barda del puerto. Al salir a la calle, esos millones de litros se convertían en un desfile incesante, ruidoso y diario de cientos de pipas pesadas transitando por las avenidas del municipio, usando predios locales como pensiones y doblando esquinas vigiladas por agentes de Tránsito municipales.
¿De verdad se puede gobernar Altamira con los ojos tan cerrados? ¿Cómo se puede ignorar el rugido de una flotilla de camiones de ese tamaño frente a las narices de una autoridad que es la única que otorga permisos de uso de suelo y licencias de funcionamiento?
La sospecha no es gratuita; tiene memoria. En los pasillos del poder siempre quedaron dudas sobre los grupos económicos y operadores que impulsaron aquel ascenso político. Cuando los padrinos del pasado huelen a hidrocarburo, la inacción del presente deja de parecer incompetencia y empieza a oler a complicidad.

