Por: Edy Pintor.
Verano de 1995 en la frontera tamaulipeca. Valle Hermoso, Tamaulipas. El sol castigaba; el aire venía seco, caliente, levantando remolinos de polvo sobre las calles de caliche, y uno sentía que el viento traía lumbre en vez de aire.
La cantina estaba llena desde temprano. Una de esas cantinas viejas, con abanicos girando despacio y el olor mezclado de cerveza, sudor, carne asada y tabaco. Ahí se sentaban todos parejos: agricultores, políticos municipales, comandantes, ganaderos, traficantes, traileros, muchachos armados y hasta uno que otro empresario de Reynosa que iba nomás a “cerrar negocios”.
Por coyuntura familiar, yo colaboraba para las tiendas de fotografía DeLlano y yo fui testigo de que, en aquellos años la frontera tenía sus propios códigos. Duros, torcidos quizá, pero códigos al fin.
En esa cantina tradicional, el que esto escribe, estaba sentado con tres amigos cerca de la rockola.
Afuera todavía reverberaba el calor sobre las camionetas. Adentro sonaba un corrido ‘fara fara’, de esos que dicen los viejos que, ‘de a tiro van diciendo’… mientras una mesera aventaba los tarros sobre las mesas como si estuviera repartiendo cartas.
Entonces entró aquel hombre.
No hacía falta decir su nombre porque en la frontera había gente que caminaba y el ambiente se apagaba solo.
Alto, sombrero Resistol, botas tipo ropers empolvadas del monte y una mirada de ésas que parecían revisar a quién le tocaba respirar todavía y a quién no.
Entró despacio. Saludó apenas levantando dos dedos. Nadie hablaba fuerte cuando él llegaba. Le decían “el cielito lindo” —tenía un lunar muy acentuado en el labio superior.
Se quedó mirando fijo a mi amigo Ernesto.
No era una mirada cualquiera. Era una mirada pesada. Fría. Como si estuviera acomodando algo en la cabeza.
Yo seguí sorbiendo mi highball de whiskey Chequers y Ernesto siguió tomando cerveza como si no lo hubiera visto, aunque yo noté cómo dejó de mover la pierna debajo de la mesa.
Minutos después me levanté al baño. El calor adentro era peor. El espejo estaba manchado de humedad vieja y olía a cloro barato.
Mientras me lavaba las manos, aquel hombre entró detrás de mí.
No dijo una sola palabra.
Nomás escuché el ruido escalofriante y metálico.
Clac.
El sonido seco e inconfundible de alguien montando una pistola.
Sentí cómo se me heló la espalda pese al calor infernal de Valle Hermoso.
El tipo se acomodó la camisa, me observó un segundo por el espejo y salió del baño sin prisa.
Yo me quedé quieto, esperando escuchar disparos allá afuera, pero no pasó nada.
Cuando regresé a la mesa, el hombre ya estaba terminándose un caballito de tequila. Sacó unos billetes arrugados, los aventó sobre la mesa, levantó el vaso como despidiéndose de fantasmas viejos y salió caminando hacia la calle polvorienta.
La cantina volvió a respirar.
Entonces me acerqué a Ernesto y le dije en voz baja:
—Ese cabrón venía decidido a matarte. Escuché cómo cortó cartucho en el baño.
Ernesto ni siquiera volteó de inmediato. Nomás sonrió leve, se limpió el sudor de la frente y agarró el sombrero.
Luego se inclinó poquito hacia adelante y con la punta de la bota levantó el borde de un morral viejo que tenía entre las piernas.
Adentro, descansaba una escopeta recortada envuelta en una chamarra…
Mi nombre es Pintor, Edy Pintor y esto es , GUNPOWDER…

