Por: Alberto Dávila.
La elección del pasado 7 de junio en Coahuila dejó una señal política que difícilmente puede ser ignorada por la dirigencia nacional de Morena. En el único proceso electoral celebrado este año en México, los ciudadanos del estado norteño enviaron un mensaje contundente: el partido gobernante no es invencible. Los resultados preliminares mostraron una amplia ventaja de la alianza encabezada por el PRI, que alcanzó alrededor del 55% de la votación frente al 26% obtenido por Morena, con una participación ciudadana superior al 50%. Más allá de los números, el resultado representa una derrota política y simbólica para el movimiento que domina gran parte del mapa nacional.
La pregunta es inevitable: ¿se trata de un simple tropiezo local o del inicio de un desgaste más profundo? En 2018 millones de mexicanos depositaron su confianza en Morena con la esperanza de erradicar la corrupción, mejorar la seguridad y reducir la desigualdad. Ocho años después, una parte del electorado parece comenzar a cuestionar si aquellas expectativas se han cumplido. Coahuila no votó únicamente por diputados locales; también emitió una evaluación sobre el desempeño del partido en el poder y sobre la narrativa de la llamada Cuarta Transformación.
El problema para Morena es que la derrota llega en un momento en que varios gobernadores emanados de sus filas enfrentan fuertes cuestionamientos. En Sinaloa, el gobierno de Rubén Rocha Moya sigue bajo presión por la crisis de seguridad; en Zacatecas, David Monreal ha enfrentado críticas por los niveles de violencia; en Guerrero, Evelyn Salgado continúa sorteando conflictos políticos y problemas de gobernabilidad; mientras que en Sonora, Alfonso Durazo enfrenta reclamos relacionados con seguridad y desarrollo económico. Aunque cada entidad tiene realidades distintas, la oposición ya construye un discurso que busca vincular estos problemas con un supuesto desgaste nacional del movimiento guinda.
Tampoco puede ignorarse que Morena llegó a la contienda dividido. Las diferencias internas, los conflictos por candidaturas y la falta de cuadros locales consolidados volvieron a exhibirse durante el proceso electoral. Mientras el PRI mantuvo una estructura territorial que ha construido durante décadas en Coahuila, Morena mostró nuevamente dificultades para arraigarse en un estado donde aún no logra construir una identidad propia. Diversos análisis previos a la elección ya advertían que la organización territorial del partido oficialista estaba lejos de su mejor momento.
Sin embargo, sería un error afirmar que Morena está políticamente acabado. El partido mantiene la Presidencia de la República, gobierna la mayoría de las entidades federativas y conserva una fuerza electoral considerable. Lo que sí parece evidente es que la marca Morena ya no garantiza triunfos automáticos. El efecto arrastre que durante años impulsó a candidatos poco conocidos comienza a mostrar límites, especialmente en regiones donde los ciudadanos evalúan más los resultados concretos que los discursos ideológicos.
La historia política mexicana demuestra que los grandes movimientos no suelen derrumbarse de un día para otro. Primero aparecen las señales de alerta, luego los votos de castigo y finalmente los reacomodos internos. Coahuila podría representar precisamente esa primera advertencia. Si la dirigencia nacional interpreta la derrota como un hecho aislado, corre el riesgo de profundizar los errores que hoy empiezan a reflejarse en las urnas. Pero si entiende que existe un creciente desencanto ciudadano, aún está a tiempo de corregir el rumbo.
Porque al final, el llamado «pueblo bueno y sabio» que en 2018 abrió las puertas de Palacio Nacional a Morena, hoy parece decir desde Coahuila algo muy distinto: los cheques en blanco se acabaron. Y cuando el electorado comienza a retirar su confianza, ningún partido, por poderoso que parezca, puede darse el lujo de ignorar la advertencia.

